Generadores de sombras, un proyecto de Cristina Busto para LABoral Centro de Arte, desde el 1 de junio.

Hacia 1920, el monopolio sobre el ocio que ejercían los espectáculos bajo carpa se tornó miseria: únicamente entraba dinero a través del alquiler de fieras: tigres, elefantes y leones dispuestos como atrezo en las grandes producciones históricas de los nuevos estudios cinematográficos. El circo dio paso a las salas de cine. Y sin embargo, el gusto por la magia no desapareció; ya que, en parte, el ritmo y la velocidad de la ciudad moderna, así como su fragmentación, principio elemental a su vez del relato cinematográfico, a los ojos del sujeto moderno, tenía todavía un punto mágico, utópico. Además de (re)presentar esa realidad fantasiosa, en las nuevas salas, la ausencia de luz desdibujaba las clases sociales: obreros, burgueses, parados, bohemios y enamorados, todos juntos, sumidos en una obscuridad que hace confundir la sombra del vecino con la propia.
Al cabo, la modernidad significó una cierta obsesión por desdibujar fronteras, sentando nuevas relaciones entre alta y la baja cultura. Llevar los museos a la calle y el arte a la vida cotidiana. Proponiendo, en paralelo al desarrollo de la nueva técnica, dispositivos para conformar usos y accesos al conocimiento más democráticos. Instrumentos para, como señala hacia 1926 Moholy-Nagy, “formar y construir realmente lo nuevo” y, de paso, acceder a lo verdadero. Superar el paradigma de la representación. Ir un paso más allá de los objetos de arte anclados en un rol casi sacro. Apostar, en cambio, por la producción de entornos globales: objetos industriales, decorados de películas, libros, carteles o trajes…

Un campo artístico expandido: la antesala de lo que hoy conocemos como instalación, tipo de habitar el espacio de manera fenoménica donde el espectador experimenta y transforma los significados por medio de su inclusión, como cuerpo, en la obra. Que es lo que propone Cristina Busto en este su nuevo proyecto, Generadores de sombras: lugara caballo entre un teatro, un set audiovisual y un decorado. Emplazamiento que, después del directo/performance audiovisual con la que Cristina Busto abrirá al público la exposición, permanecerá todavía habitable. Un espacio donde el usuario reivindica su naturaleza performativa, su capacidad para terminar de articular todo sentido.
En cierto modo, Generadores de sombras trata de dar continuidad a la fantasía que habita en el seno del cinematógrafo, hoy audiovisual: vivir la película y comprenderla con la mirada, como ilusión: que todo primer plano salga de nuestros ojos. Ahora bien, espectador aquí está invitado a vivir el espacio, más allá del rol estático que el otorga cine. Los ojos, entonces, recuperan su cuerpo; atravesados por juegos de luz, dentro de un grupo de efectos visuales que se acaban dibujando su sombra. Señalaba Goethe: “las matemáticas no tienen como objetivo último hacer calculables los fenómenos, sino que deben tratar de hacerlos visibles”. ¿Vivibles?

La máquina inventada por los Lumiere servía por igual para filmar y para proyectar. Prefiguración de la posterior llegada del live-cinema y del vídeo, que desde la primera persona de Bruce Nauman a la interactivdad propuesta por Dan Graham ha caminado hacia la idea de un tipo de transmisión simultánea que, como en Generadores de sombras, convierte en precaria la noción de presente continuo. Por lo demás, fruto quizás de su estancia en Berlín, Cristina Busto incorpora constantemente en su trabajo parte del espíritu festivo de aquellos espectáculos bajo carpa, en alemán Wanderkinos, de los que hablamos ya muchas líneas arriba. Cierto espíritu, pues, bufo y popular, vodevilesco, que ya hemos señalado como paralelo al nacimiento del cine.
Y si bien Moholy-Nagy encontró en las formas proyectadas de los Moduladores de luz-espacio una técnica en principio objetiva para plasmar efectos lumínicos que superaban, al darse en lo real, cualquier ilusión de tipo euclidiana; Cristina Busto ha encontrado en la proyección en directo, a modo de vídeo en circuito cerrado, de la sombra, ausencia de luz, un recurso emblemático que desde su visualidad no representa, sino que muestra, abriéndose a lecturas de tipo psicológico. Al fin y al cabo, el abanico de fenómenos que la luz produce al reflejarse o al ausentarse en los cuerpos compone una paleta de marcados contrastes. Desde el imperio del Rey Sol, Luis XIV, al acecho de toda intriga palaciega desde su Galería de los Espejos de Versales, la luz es una tecnología política capaz de deslumbrar. Mientras, del otro lado, el mal acecha siempre desde la penumbra.

Luces y sombras, lucha titánica entre técnica y imaginación… Como Jean-Luis Leutrat, “el cine se distingue por ser un catalizador de lo fantástico, de espectros, de sombras que viene del otro mundo, que ya no están presentes”. No obstante, si algo caracteriza a la imagen en movimiento, como nos demuestra Cristina Busto en su Generador de sombras, es su carácter dialéctico, entre la razón y la fantasía, una imagen después de la otra: puerta entre lo que es y lo que fue, entre un tiempo y otro. Esencia melancólica, de duelo por lo que vuelve, el cine parece darle una forma a los cuerpos cuando en realidad únicamente ha sido capaz de trazar siluetas; o, como presenta nos Cristina Busto, sombras: parte de la psique que el profesor Jung entendió como lo que tratamos de rechazar de nosotros mismos.
En ese sentido, puede que Generador de sombras nos enfrente a nuestro otro Yo, al doble malvado del que habla el psiconalásis o, también, de Stevenson con su doctor Jekyll y el señor Hyde. Al menos, esa es una de sus lecturas posibles. Ese yo reprimido que amenaza siempre con hacerse real. Y sin embargo, con Gilles Delueze, es necesario recordar que toda cerca o silueta sobre el mapa o el terreno, más allá de la amenaza a lo desconocido, enuncia un devenir, una potencialidad. La sombra elimina diferencias. Soy yo, pero puedo ser también el otro, que diría Rimbaud: un ser plural.





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